lunes, 15 de junio de 2015

1
Eran las Siete de la mañana cuando Oscar regresó de su estado de inconciencia. Con algo de pesadez levantó los párpados y sólo una tenue luz logró captar su borrosa visión. Sin ninguna resistencia dejó que sus párpados se cerraran nuevamente. Había un profundo silencio. A lo lejos percibió los pasos de alguien y el ruido del roce leve de cosas como vasos y platos. Trató de moverse y no pudo, sintió que sus fuerzas le fallaban, aún para levantar los brazos. El esfuerzo agotó sus pocas energías y sucumbió.

Horas después cuando recordó nuevamente pudo escuchar voces. Aquel silencio había desaparecido. Abrió los ojos y notó más luz, pero aún así las imágenes le llegaban borrosas. Intentó moverse y tampoco pudo.
-Lili…Lili- Llamó con voz apagada.
-Buenos días, Oscar. Bienvenido- Dijo un médico acercándose desde la camilla de al lado, donde hacía su ronda matinal.

Liliana se levantó de la banca del paradero, detuvo un bus y se subió. Se sentó junta a la ventanilla. Había llegado hasta su casa para darle algunas disposiciones a la doméstica y apenas si tuvo tiempo de cambiarse el uniforme por ropa de calle y regresar a visitar a su esposo. Ella hacía sus prácticas de enfermería en el mismo hospital donde estaba recluido Oscar.

Oscar trabajaba desde hacía tres años en una carnicería donde cogía turno a las tres de la mañana todos los días. Era un muchacho sencillo dedicado a su esposa y a su trabajo. Se levantaba a las 2 de la mañana y con mucho sigilo se arreglaba y preparaba algún refrigerio, procurando no despertar a su esposa. Por eso ella se sobresaltó al escuchar el estrépito en la cocina. Eran las 4 de la mañana. Con mucho temor se levantó de la cama y salió del cuarto caminando en puntillas.
Casi no respiraba, los ojos desorbitados y el corazón amenazando con reventársele, pero seguía avanzando, no tenía otra alternativa. Estaba segura que los ladrones la estaban aguardando. Lentamente -y como una tortuga- estiró el cuello y se asomó. No vio nada, no escuchó nada. Estiró el brazo y activó la luz de la cocina que iluminó la tétrica escena: su esposo estaba tirado de espalda sobre el piso, inerte. El primer intento de grito se ahogó en su garganta; se inclinó sobre el cuerpo, lo llamó, lo palpó, le dio palmaditas en las mejillas y entonces sí, su garganta y sus pulmones respondieron:
¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Vecino, auxiliooo!

«¿Qué pudo pasarle a mi esposo?» Se preguntaba mentalmente mientras el bus avanzaba «¿Qué hacía ahí, si a esa hora ya debía estar “descuartizando cadáveres” como dice él? ¿Porqué sus ropas -que ella había arreglado la noche anterior- sus manos y el mesón de la cocina tenían tanta grasa de carro? »

Oscar y Liliana tenían dos años de estar felizmente casados. Vivían modestamente en un pequeño apartamento donde se preparaban para la llegada de su primer bebé dentro de siete meses. Como toda pareja que se inicia estaban locamente enamoradas, aún no tenían secretos el uno para el otro. Se divertían juntos y juntos planificaban todo. Armonía total entre ellos «¿Entonces, de dónde salió ese fajo de billetes que estaba entre los platos? » Pensaba.

Eran 25 billetes de $50.000. No le había comentado que hubiera ganado algún premio en la lotería, no habían planificado ningún préstamo ni solicitado liquidación alguna ¿De dónde salió ese dinero? Se preguntaba una y otra vez. Faltaban Cinco minutos para la hora de las visitas y ya estaba cerca de la parada. Se bajó.

Al pasar por la oficina del pabellón donde estaba recluido su esposo, la enfermera jefe la llamó.
-Señora Liliana, su esposo despertó de su estado de coma…
-¿Cómo está?- Le interrumpió con suma avidez.
-Espere y la pongo al tanto. La fractura del cráneo ha dejado secuelas. Cuando despertó la llamó a usted, luego se desvaneció. Esta mañana a las nueve recordó otra vez pero no ha pronunciado palabra alguna y no hace ningún movimiento, aunque sabemos que está consciente por la intensa actividad cerebral que registran los equipos. Esperamos que usted lo afronte correctamente.
-Lo entiendo jefa. Gracias.

Liliana llegó hasta la camilla en silencio. Lo observó, primero a él, estaba igual que el día anterior, luego miró el monitor que registraba sus ondas cerebrales. Era una señal continua con el mismo nivel. Se acercó y le tomó la mano.
-Amor, soy yo. Liliana ¿Cómo estás cariño?
Le miraba al rostro. No observó ningún detalle, pero la pantalla mostraba otra forma de señal. Liliana no se percató de ello, seguía mirándole a la cara y le hablaba con dulzura mientras le acariciaba la mano y el brazo.

En la hora de visitas fue poco lo que le habló, el tiempo se le fue en contemplarlo y acariciarlo en silencio. De regreso a casa pensó mucho en la situación de su esposo, del futuro que les esperaba «¿Se recuperará plenamente? ¿Quedará parapléjico? ¿Quizás así como está, como un vegetal? ¿Cómo enfrentaré esa vida y… cuando venga el bebé?» Apretó la mandíbula y cerró sus ojos con fuerza, como queriendo borrar tan oscuro panorama.

Ya hacía tres meses que Liliana religiosamente llegaba hasta el lecho de su esposo y esa hora, de 3 a 4 PM, se le hacía muy corta. Ella hablaba y hablaba de todo. De cómo le había ido ese día, de sus clases o de su trabajo; de sus revisiones médicas prenatales, de las cosas que compraba para el bebé, de las visitas y solidaridad de sus compañeros de trabajo. En fin, le pormenorizaba de cuanto asunto se acordaba.

Cierto día, cuando salía de la hora de visitas, la llamaron de la oficina de la enfermera jefe y le informaron de la decisión del hospital de enviar al esposo a su casa puesto que los riesgos por las fracturas del cráneo se habían superado y las heridas habían cicatrizado. Le dijeron también que le instruirían sobre cómo manejar la situación de su esposo en el corto o largo proceso de recuperación. Una ambulancia lo trasladaría.

2
Había transcurrido un buen tiempo desde el traslado a casa. Ni Liliana ni la muchacha que había contratado para suplirla cuando ella se ausentaba, habían percibido algún indicio de recuperación en Oscar. Pero él si había regresado poco a poco. Cada vez duraba consciente un poco más y se desvanecía nuevamente.

En esos ratos sensibles, Oscar analizaba su situación. Recordó todo lo sucedido y comprendió el estado en que estaba. Recordó que esa trágica mañana sólo le provocó un jugo muy frío que sacó de la nevera y salió para su trabajo un poco cogido de tiempo. 

A dos cuadras de su casa funcionaba una vieja escuela del gobierno, con un patio muy grande y arborizado. La pared posterior se extendía toda la cuadra y tenía una entrante como de dos metros por unos cuatro de largo. Al otro lado de la calle estaban los predios de una entidad estatal y un parquecito infantil. Era una cuadra sin casas pero con bastante tráfico. Por esa razón la entrante de la pared del colegio era utilizada por transeúntes y conductores como orinal. Oscar sintió la necesidad y se arrinconó en la entrante. Estaba en eso cuando escuchó ruidos del otro lado de la pared, como si alguien se acercara corriendo. Miró hacia arriba y vio un pequeño bulto que cruzaba la pared y caía a su lado, sin ruido pues la hierba amortiguó el golpe. Enseguida escuchó:
-¡Quieto, no te muevas hijo de puta! ¿Dónde está la tula?
-¡Yo no la tengo, lo juro! ¡Ayyy!
-Este mal parido no va a correr más. ¡Allá va el otro, por la carrera!

Oscar Estaba aún en su posición, no sabía si había terminado de orinar o si se le había suspendido por el susto. Escuchó que los tipos se alejaban y reaccionó. Cogió el bulto, lo metió debajo del brazo y salió dando grandes zancadas, con el tronco inclinado como para no hacer ruido. Por los lados de la carrera se escuchó el chirrear de llantas de un carro que frenaba y continuaba su recorrido. Él aligeró el paso, cruzó el parquecito y regresó a su casa. Entró con sigilo, se dirigió a la cocina y prendió la luz. Soltó el cordón de la tula quedando asombrado.

Había tres fajos de billetes y una tula más pequeña; la tomó y sopesó: 1 kilo. La abrió: 
¡oyas! Exclamó sonriendo. 
Escuchó un ruido de carro y miró hacia la calle, vio las luces. Asustado apagó la luz. El carro pasó despacio «Ese carro debe ser de la policía o de los bandidos ¿Qué hago ahora?» Pensó. Enseguida se dedicó a revisar el contenido de las tulas: 25 billete de 50.000 en una fajilla, 50 de 20.000 en la otra, 25 de 10.000 y 25 de 5.000 en la tercera - «¡Mi madre!» - Sacó el celular y contabilizó: $2.625.000 ¡Guau! 

Con cuidado corrió una puerta del gabinete y sacó un plato llano donde vació despacio y con cuidado las joyas y comenzó a separarlas. 27 anillos diferentes: grandes y pequeños, gruesos y delgados, pesados y livianos, algunos con piedras; 14 cadenas de todas las clases y calibre; 9 pares de aretes, 11 dijes y 4 brazaletes. Todos de oro. Analizó los talegos y leyó: “Compraventa Ali Babá”. Un papel con cinta adhesiva indicaba una fecha de Diciembre del año anterior «Atracaron esta compraventa. A ese tipo le dieron “chuleta”… ¿Quién sería, la policía o sus compinches? ¿Qué hacía ese carro por aquí, serían ellos? ¿Me verían? No lo creo. Lili no debe saber de esto porque seguro se pone mal y eso afectará al bebé»

Abrió la ventana de la cocina, prendió la estufa y quemó los talegos. Buscó una bolsa plástica, separó el fajín de los billetes de 50 y guardó todo lo demás en ella « ¿Dónde guardo esto, dónde? ¡Ah, ya sé! En el cielo raso…pero ahí de pronto las ratas o un gato pueden romperla ¡Ah, sí! Eso es» Se agachó y sacó de debajo del lavaplatos un pote de grasa. Aseguró la boca de la bolsa plástica y con sus manos embadurnó toda la bolsa de grasa. Justo arriba, el cielo raso tenía una lámina sin asegurar que utilizaban para subir al techo. Oscar tomó impulso y se subió al mesón de la cocina, agarró la bolsa con una mano y con la otra levantó la lámina. Guardó la bolsa y puso la lámina en su puesto. 

El enchape del mesón estaba también sucio de grasa. Oscar se agachó para tirarse pero ambos pies le patinaron y se sintió impulsado hacia delante. Toda su espalda rozó por el borde del mesón y su occipital chocó con todo el peso de su cuerpo con el borde de concreto. Su cuerpo exánime terminó de caer.

3
Oscar había recuperado su estado consciente plenamente, ahora sólo le faltaba recuperar su estado motriz por el cual luchaba mentalmente pues los músculos de sus miembros y de su rostro no le obedecían. Eso lo angustiaba cada vez más. Necesitaba comunicarse con su esposa, era imperioso conseguirlo de alguna forma. También quería saber qué había pasado en el mundo quien sabe desde cuando. « ¡Pero, cómo, cómo! » Su esposa lo atendía maravillosamente bien y le hacía sus terapias con esmero. En esos momentos le hablaba de todo, especialmente le declaraba su amor y le pedía que luchara para recuperarse «¡Pero... cómo mi amor… ayúdame tú, eres enfermera, imagínate alguna manera!»

A veces Liliana pasaba largos ratos contemplándole el rostro para ver si él daba algún indicio, pero nada. Un día, cuando estaba haciéndole terapia en brazos y piernas, llegó una vecina a indagar por la salud del joven.
-Hola, Liliana ¿Cómo sigue el vecino?
-Qué tal vecina. Ahí sigue más o menos estable.
-Ayer vi que vino un médico ¿Qué le dijo de nuevo?
-Nada. Que hay que darle tiempo al tiempo.
-Qué cosas le pasan a uno ¿Liliana, aún usted no sabe cómo ocurrió ese accidente?
Oscar estaba expectante, esa era una información que necesitaba saber.
-Nada vecina. No he esclarecido nada.
-¡Caramba, qué día tan trágico ese!
-Sí. Pero yo sé que él se recuperará.
-Yo también. Pero no lo dije sólo por él sino por todo lo que pasó ese día en el barrio, por todos esos muertos.
Oscar estaba excitado. Con gusto se hubiera sentado y preguntado ¿Cuántos, dónde? pero no pudo mover ni una pestaña.
-¿Qué muertos, vecina?- Preguntó Liliana por él.
-¿Pero usted no sabe? Ese día hubo cuatro muertos ahí en la escuela. La policía dice que fueron los que atracaron a una compraventa. Dos estaban escondidos en la escuela. El celador escuchó ruidos y llamó a la policía que dio de baja a dos que se enfrentaron a tiros con ellos. Un tercero que se voló la pared lo mató un carro y el cuarto lo encontraron apuñalado junto a la pared del fondo. Pero la policía dice que el producto del atraco no apareció ¿Qué le parece?
-Caramba, yo no sabía nada de eso.

Hacía tiempo que Oscar no experimentaba una manifestación de alegría « ¡Oigan! ¿No escuchan mis gritos? ¡Vean mi cara, estoy riendo! ¡Liliana! » Otra vez cayó en el desespero. La vecina se despidió. Liliana tomó un paño empapado de alcohol y empezaba a frotarle cuando observó que el tórax le subía y le bajaba aceleradamente.
-¡Dios mío, estás excitado! ¿Qué tienes mi amor, qué te duele?
Enseguida le tomó el pulso, cronometró y anotó. Le escuchó el ruido pulmonar con el estetoscopio. Todo normal. Le alzó un párpado, luego el otro para analizarle las pupilas. Todo bien. Esperó unos minutos y tomó otra vez el pulso, comparó y vio que se había normalizado.

-Te agitaste mi amor ¿Qué te pudo excitar así?- Quedó pensativa- ¿Acaso escuchaste la conversación de la vecina? ¿Mijo…escuchaste? ¿Puedes escuchar?
«Sí, mi amor. Puedo escuchar. Lili, por favor haz algo ¡intenta algo Lili!» Pero esta vez su pecho no se agitó. Tal vez había perdido energías por el esfuerzo anterior.
Los días transcurrían y Liliana veía cómo su vida se convertía en una rutina que la llenaba de tristeza. 

Una mañana en que atendía a su esposo tuvo una inesperada visita.
-Buenos días, señora Liliana ¿Cómo está usted, cómo está su esposo?
-Buenos días señor Rubén. Ahí vamos mejorando poco a poco ¿A qué se debe su visita?
-Bueno, le traigo noticias poco agradables para usted pero no tengo otra alternativa. Vendí esta casa y el nuevo dueño piensa remodelarla, por lo que debo pedirle que se muden. Sin embargo, como yo sé que está próxima a tener su bebé he pedido para usted un plazo de cinco meses para que pueda hacer sus diligencias respectivas.

Si aquella conversación con la vecina llenó de júbilo a Oscar, la del casero lo dejó de una sola pieza -aunque él ya estaba así-, sumido en un manto de impotencia, angustia y desesperanza.
«¡Por Dios, qué puedo hacer, qué puedo hacer! ¿Cómo puedo comunicarle a Lili ese “cuento”?»
Esa noche Liliana se sentó junto al lecho de su esposo muy acongojada.

-Mijo, qué más puedo hacer para ayudarte, si al menos pudiéramos conversar, eso sería una bendición ¡Qué puedo hacer, qué puedo hacer!- Apoyó su mentón sobre su mano y quedó pensativa. De pronto reaccionó.
-Mijo, tú me escuchas, entonces trata de hacer lo que yo te diga. Procura no gastar energías innecesariamente, vamos hacer un ejercicio de comunicación; Haz sólo lo que te diga- Liliana se corrió hasta los pies de él.
-Trata de mover el pie izquierdo en forma horizontal mientras yo cuento hasta tres. Haber: uno, dos y tres- Contó pausadamente y no ocurrió nada- Ahora prueba con el derecho. Bien. Trata ahora con los dedos- Nada.
Liliana fue hasta la cómoda, tomó una agenda y anotó en ella. Luego continuó.
-Intentemos con los dedos de las manos, primero la izquierda y luego la derecha y yo cuento-
Nada. Anotó eso- Prueba con los parpados… trata de arrugar la frente- Nada. Volvió anotar.
Desalentada, Liliana se acomodó en su silla, pensativa. Al rato se incorporó, le tomó la mano y se la abrió, tendió su dedo índice sobre la palma de la mano de Oscar y con su otra mano le cerró los dedos sobre su índice.
-Ahora trata de apretarme el dedo- Esperó un buen rato y no sintió nada, sólo las pulsaciones de su flujo sanguíneo. Sin soltarle la mano le habló con cariño.
-No te preocupes mi amor, que yo encontraré la manera. Debe haber algo, algún músculo debe trabajar aún.

Le soltó la mano y se acercó a la cabecera de la camilla. Le beso en los labios y como para darle más consuelo quiso apoyar su frente sobre la de él, pero al colocarle sus dedos sobre las sienes sintió un palpitar y se quedó inmóvil por un momento.
-¡Mijo, repite eso por favor! pero una sola vez- Volvió a sentir la palpitación. No dijo nada ni se movió. Oscar sintió el sabor salobre de la lágrima que cayó entre sus labios. Ella lo soltó y con serenidad se bajó de la camilla. Tomó un paño y se secó los ojos. Muy seria se inclinó otra vez sobre él.
-Amor, escucha atentamente. Con mis dedos voy a tocar otra vez tu sien y si eres conciente de que te puedes comunicar conmigo así, me das la señal, pero sólo al conteo de tres. Haber: uno, dos y tres- Sintió en sus dedos la contracción del músculo temporal. Lo soltó, alzó sus brazos y mientras gritaba de contenta trató de saltar pero el peso de su vientre se lo impidió.
-¡Síii! ¡Lo conseguimos! ¡Lo conseguimos! ¡Mi amor, lo logramos!

Sintiéndose inmensamente feliz se acercó a él y lo colmó de besos, tantos que Oscar se sentía asfixiar con tanta euforia. De repente Liliana se puso seria.
-Cálmate Liliana, cálmate -se confortaba- Mijo, procura no agitarte. Pon atención, te haré dos preguntas importantísimas. Haber, haber. Déjame pensar bien cómo formularte las preguntas ¡Ya sé! Yo sigo con el conteo y si tu respuesta es afirmativa, me das la señal. Ahí va: ¿Te produce cansancio este ejercicio?- No hubo señal- ¡Bien…bien! La otra: ¿Estás todo el tiempo consciente?- Palpitación y otra explosión de alegría de Liliana.
¡Síii!

Reía, lloraba, aplaudía. Otra vez seria. Rodó una silla hasta la cabecera de la camilla, se sentó y le tomó la mano entre las suyas. Veía hacia el techo en silencio, al rato lo miró y le dijo:
-Bueno, ya logramos establecer un medio de comunicación. Supongo que tu mente es un torbellino de pensamientos. Cuántas cosas querrás preguntarme…
- «No Lili. Yo lo que quiero es que tú me preguntes a mi».
-…que te cuente del embarazo, de mis proyectos con el bebé… 
-«¡Sí Lili, sí! Pero mejor pregúntame, por favor»
- …Tus compañeros de trabajo han venido a visitarte y el seguro está pagando tu incapacidad…
- «Oh, no. Esto va ser difícil» 
-…hoy me has dado una gran alegría y esperanzas. Te confieso que estaba muy afligida por el asunto de la mudanza que debemos hacerla muy pronto -

Oscar se desesperaba y quería gritar, pero recordó que no debía perder energías en vanos intentos, al menos por ahora- Ya salí de cuenta, en estos días viene el bebé, este viernes. Bueno mi amor, te dejo para que reposes. Yo también voy a recogerme, pero te prometo que voy a pensar la forma de organizar bien nuestra comunicación.

4
En la noche anterior Liliana se durmió tarde pensando en la forma de hacer más práctica la comunicación entre ella y su esposo. En la mañana se levantó muy animosa y dispuesta a profundizar el ejercicio anterior. Después de asearlo y hacerle sus terapias dispuso todo para ello. Tomó una silla y se sentó junto a la cabecera de la camilla, con agenda y lápiz.
-Muy bien, mi amor. Iniciemos esta sesión- Tocó en su sien y preguntó:

-¿Estás despierto? -Sintió la palpitación- Bien, escucha esto primero. En el curso de manejo del computador, nos explicaban como es la información que ahí se maneja. Los analistas de sistema lo llaman “lenguaje de máquina” y está basado en el sistema de numeración binario, donde sólo se usan el 1 y el 0, y nos explicaban también que ese sistema binario se puede representar de varias formas. Por ejemplo: cierto es 1 y falso es 0, un bombillo encendido es 1 y si está apagado es 0. En fin, vamos aplicar en nuestra comunicación ese sistema. Yo te formulo la pregunta de tal manera que tú puedas contestar sí o no. Si tu respuesta es SI, me das una palpitación. Si tu respuesta es NO, me das dos palpitaciones. Siempre dentro del conteo de tres ¿Me entendiste?- Ella le colocó la mano sobre la sien: una palpitación.

-Bueno, ahí va: ¿De qué quieres que hablemos? ¿De tu enfermedad?
-Dos palpitaciones.
-¿De mi embarazo?
-Dos palpitaciones.
-¿Del asunto de la mudanza?
Oscar no contestó. Liliana recogió el brazo, se enderezó en la silla y quedó pensativa, después leyó en su agenda.
-Veamos. No quieres hablar de tu enfermedad, no quieres hablar de mi embarazo. Pero no contestas lo del asunto de la mudanza. Ahí si no entendí, porque el sistema binario no admite duda ¿Cómo puedo interpretar esa duda? Bueno, probemos así: ¿Te preocupa que nos mudemos?
-Una palpitación.
-¿Es por el dinero?
-Una palpitación.
-No lo entiendo, eso no debería preocuparte, tú sabes que así como pagamos aquí podemos pagar en otra parte. Además, ya conseguí una casita muy bonita y mejor situada que ésta ¿No te complace la noticia?
-NO
-Caray, ahora sí me enredé con esto, no entiendo nada. Tendré que plantear las cosas en otra dirección.
« ¡No Lili, no! Sigue con el asunto del dinero, por favor»

Liliana se enderezó en su silla. Tenía una mano en el bajo vientre, señal de que la posición inclinada para tocarle la sien la incomodaba por su embarazo. Quedó pensativa y hablaba para si misma.
-Dinero…dinero. A propósito de dinero, Oscar ¿Es tuyo el dinero que encontré junto a los platos?
-SI.
-¿Tuyo? – Preguntó asombrada mientras se enderezaba- ¿Lo ganaste en un apunte de chance?
-NO.
-¿Lo prestaste?
-NO.
-¿Te liquidaron en el trabajo?
-NO.
-¿Te lo dieron a guardar?
-NO.
Ahora, mostrando una sonrisa, le preguntó:
-¿Te lo encontraste?
Sin respuesta.
-¿Otra vez duda? Espera, espera. Déjame analizar: el dinero es tuyo pero no lo ganaste, no te lo regalaron, no te lo dieron a guardar y cuando te pregunté si te lo encontraste, entonces dudas. O sea, que te lo encontraste pero no te lo encontraste. ¡Vaya con este sistema binario!

Después de una pausa y de haber descansado su vientre, volvió a interrogar.
-Mijo, estoy embolatada y ya llevamos dos dudas ¿Cambiamos de tema?
-NO.
-¿Seguimos hablando de ese dinero?
-SI.
-Entonces espérame y analizo bien el asunto- Un rato de silencio- ¿Desde cuándo tenías ese dinero? ¿Desde hace rato?
-NO.
-¿No?- Repitió- ¿Desde el día anterior?
-NO.
-¿No?- Volvió a repetir- Caray mijo, no me estás ayudando mucho. Hay duda si te lo encontraste o no, no lo tenías desde hace rato, no lo tenías el día anterior… ¿Mijo, entonces de dónde carajo obtuviste ese dinero?... Perdona mi amor, pero es que estoy embolatada.

A Liliana se le aguaron los ojos ante la impotencia de comprender el asunto.
-La verdad es que no lo entiendo, si tú ese día no saliste a trabajar…- de pronto le brillaron sus negros ojos, aún más por las lágrimas que tenían- ¿Mijo, tú saliste a trabajar ese día?
-SI.
-¿Sí? Pero cómo mijo, si yo te encontré ahí tirado a las 5 AM?...espera, espera ¿Saliste y regresaste?
-SI. - «Por ahí es Lili, sigue por ahí mi amor»
-Aja. Ahora si vamos por buen camino. Tenemos que: uno, el dinero es tuyo; dos, te lo encontraste pero no te lo encontraste; tres, ese día saliste a trabajar y te regresaste. Hasta ahí vamos bien, pero viene la bendita duda. Si te encontraste el dinero eso justificaría el por qué regresaste, pero si no te lo encontraste entonces ¿Por qué regresaste y por qué lo tenías?- Quedó un rato pensativa y continuó- Bueno, repasando estos apuntes entiendo esto: saliste y regresaste y tienes un dinero que no te encontraste. Bonita adivinanza mijo ¿En qué me puedes ayudar? Amor, dejemos hasta aquí porque me duele mucho el vientre por la inclinación. No te preocupes, no son dolores de parto. Luego continuamos.
Se paró, lo besó y se fue a su cama.

Después de almorzar y hacer su siesta, Liliana se arregló para salir dejando a la muchacha encargada de la casa y de la vigilancia de Oscar. A pocas cuadras de ahí vivía un familiar a donde ella se dirigía. Después del saludo protocolario y de haberle explicado la forma como se comunicaba con Oscar, fue directamente al grano.

-Prima, quiero satisfacer una curiosidad. Resulta que me enteré que el día que Oscar se accidentó hubo cerca de la casa varios muertos y pude establecer también que ese día Oscar sí salió a trabajar y se regresó. Tengo el presentimiento que eso tiene algo que ver con su accidente, así que cuéntame todo con detalles.
-Sí, así es. Según los comentarios de una vecina que estaba despierta esperando a su marido, vio a dos hombres que venían corriendo, saltaron la pared y se metieron al colegio, más atrás venían dos más armados y también saltaron la pared, por lo que ella llamó a la policía. Después escuchó el ruido del accidente donde murió uno de los tipos arrollado por un carro fantasma.
Enseguida se escuchó la balacera entre la policía y los tipos, que cayeron abatidos. Fue cuando mucha gente salió a ver qué pasaba. Ella informó a la policía que eran cuatro tipos, buscaron al que faltaba y lo hallaron apuñalado junto a la pared del fondo. Así fue todo.

Liliana se despidió y con una honda preocupación regresó a su casa. Se sentó junto a su esposo, tomó la agenda y repasó todas sus notas.
El relato de la prima le había despejado una espantosa duda que la atormentaba, puesto que había un testigo que aseguró que eran cuatro los tipos a quienes la policía sindicó como los atracadores de una compraventa.
Mientras terminaba de arreglar sus cosas del parto en la maleta, procuró serenarse antes de iniciar la comunicación.
-¿Mijo, estás despierto?
SI.
-Entonces vamos a continuar con nuestro diálogo ¿Oscar, estás involucrado en el atraco a la compraventa?
Oscar quedó sorprendido, no esperaba esa pregunta. El conteo mental de Liliana finalizó y retiró la mano de su sien sin que él tuviera tiempo de contestar, dejándolo aún más confundido por lo que ella pudiera interpretar.
-Esto así toma otro rumbo. ¡Oh, no! Dios mío, esto no puede pasarme a mí, no a mi Oscar- Tenía los ojos húmedos- Voy analizar otra vez todo, debí cometer un error en el interrogatorio- Dijo
sollozando.
Leyó los últimos apuntes en su agenda. Desde su letargo Oscar luchaba por aclararle las cosas.
Ella volvió al diálogo.
-Mijo, con honestidad, confírmame la verdad ¿Estás involucrado en el atraco?
Oscar, recuperado de su sorpresa inicial contestó rápidamente.
-NO.
-¡Ah! Gracias a Dios, mijo. Me quitas un gran peso de encima. Entonces continuamos. No hay otra alternativa, ese dinero te lo encontraste ¿Mijo, te lo encontraste?
El sabía que había inducido a su mujer a un error por su indecisión la primera vez que le formuló esa pregunta, así que contestó al instante.
-SI.
-¿Tú crees que ese dinero es producto del atraco?
-SI
-Que pena ¿Cuatro muertos por tan poca cosa?- Se lamentó.
A pesar de que Liliana se sentía agitada, continuó.
-Bueno, ya aclaramos lo del dinero, ahora por favor, aclaremos cómo fue que te accidentaste ¿Estás de acuerdo?
NO.
-¿No? Pero mijo no me confundas, si ya aclaramos eso. Ellos tiraron el dinero en la huida y tú lo encontraste, por eso fue que regresaste. Qué más puede haber…- Otra vez pensativa- ¿Hay algo
más?
-SI.
-¿Hay otra persona involucrada en esto?
-NO
-Entonces… ¿Había más dinero?
-SI
-¿Si? Pero dónde, si yo sólo encontré eso al día siguiente y en estos siete meses cuántas veces no he hecho el aseo y nunca he visto nada… ¿Trajiste más dinero?
-SI. SI.
-Espera, espera un momento. Te pregunté si había más dinero y respondiste que sí y para confirmar te pregunto si trajiste más dinero y dices que no.
Oscar comprendió que su impaciencia hizo confundir a su esposa. Ahora con esfuerzo esperaba que ella también se diera cuenta.

-Revisé las dos últimas preguntas y comprendo que nos confundimos. Te pregunto nuevamente ¿Hay más dinero?
-SI.
-¿Y lo guardaste aquí?
-SI.
Ella se levantó y balbuceaba ¿Dónde, dónde? Al mismo tiempo que daba una vuelta y miraba para todas partes. Continuó.
-¿Lo guardaste en el cuarto?
-NO.
-¿En la sala?
-NO.
-¿En el cuartico de las herramientas?
-NO.
-¡Ah, Ya! En la cocina ¿Si?
-SI.
Liliana muy emocionada y repuesta ya de su pesadumbre, se dirigió rápidamente a la cocina. Se agachó, corrió las puertas de los gabinetes inferiores del mesón y empezó a voltear ollas, sartenes y calderos. No encontró nada. Se enderezó y corrió las puertas de los gabinetes de arriba revisando cuanto vaso encontró y el interior de las jarras. Regresó junto a la camilla.
-No encontré nada mijo ¿Qué fue que lo enterraste?
Se sentó en la silla, agitada. Extendió una pierna para acomodarse mejor, pero en ese momento sintió una fuerte contracción en el bajo vientre.
-¡Uuf, mijo, ya viene el bebé! No te preocupes que todo está arreglado. Tomó el teléfono e hizo una llamada. Al momento entró una vecina.
-¿Lista, Liliana?
-Ya es hora vecina.
Ella se acercó a Oscar para despedirse, le dio un beso y le dijo algo al oído. Luego dio algunas instrucciones a la muchacha. La vecina la esperaba en la puerta con la maleta.

5
Hacía ya 20 días del parto de Liliana. En todo ese tiempo no volvió a comunicarse con su esposo del asunto pendiente. Tal vez deliberadamente o quizás porque el bebé y las terapias absorbían todo su tiempo. Sí charlaba con él y le comunicaba de todo. Le había detallado minuciosamente el físico del bebé. El color del cabello, el color de los ojos, la piel; en fin, todo. Esa tarde escuchó la voz del señor Rubén hablando con su vecina, quien compartía la casa con ella. El hablaba con otro señor sobre una inspección a la casa para hacer un presupuesto de inversión. Alarmada corrió junto a su esposo.

-Mijo, ya están haciendo inspección para la remodelación de esta casa. Eso significa que debemos aligerar la mudanza. Yo tengo todo listo para el traslado el próximo mes- observó la respiración agitada de Oscar.
-No mi amor, no te agites, cálmate. Yo no me he olvidado de nuestro asunto pendiente. Ya me siento físicamente bien y mañana mismo reanudamos las sesiones- Oscar se serenó.

Al día siguiente, después de atender a su bebé y hacerle las terapias a Oscar, se dispuso a continuar la sesión.
-OK. mijo. Ya estoy lista. Anoche releí mis apuntes para ponerme al día. Quedamos en que el otro dinero está aquí, en la cocina, en algún lugar ¿Estás listo?
-SI.
-Entonces confírmame ¿Está en la cocina?
SI.
-Caramba, si ya la volteé al derecho y al revés ¿Está dentro de algún electrodoméstico como la nevera, o la estufa, el horno o la licuadora?
NO.
-¿Está abajo?
-NO.
-¿Está arriba?
-SI.
¿En el cielo raso?
-SI
Como la vez anterior, se abalanzó sobre él y lo cubría de besos y abrazos.
-¡Lo hicimos mi amor, lo hicimos!- Se separó de él- Bueno mijo, voy a revisar- Nuevamente notó su respiración agitada.
-Cálmate mijo. Yo también estoy contenta ¿Te emocionaste tanto así?
-NO.
-Entonces ¿Te duele algo?- Preguntó alarmada.
-NO.
-¿Algo te preocupa?
-SI.
-¿Si? Y qué puede ser. No lo entiendo. Voy entonces a recuperarlo- Lo dijo con decisión pero nuevamente notó que él se agitaba.
-¿Te preocupa que suba a recoger el dinero?
-SI.
-¿Por qué, corro algún peligro?
-SI
-Caray, pero por qué ¿Lo hago con cuidado?
-SI.
-Está bien mijo. Lo haré con mucha precaución- Lo observó y estaba calmado. Liliana se fue a la cocina, tomó una silla y se subió al mesón. Levantó la lámina del cielo raso y vio una bolsa plástica cubierta de polvo.
-¡Ya la encontré mijo!
Agarró la bolsa con cuidado y la sacó, pero por la grasa se le resbaló cayendo sobre la silla. El ruido que produjo el choque de las joyas llegó hasta los oídos de Oscar. Liliana se bajó con cuidado, muda de la emoción al ver los destellos de tantas joyas. Se disponía a recogerlas cuando escuchó los gritos.
-¡Lili! ¡Liliii!
Sorprendida y asustada corrió junto a su esposo.
-¡Mijo qué te pasa! ¡Qué te pasa!
-¡Lili, qué te pasó! ¡Qué te pasó!

Se abrazaron y lloraron consolándose uno al otro. Así, entre sollozos y apretones pasaron algunos minutos. De pronto ella se soltó y se separó. Se quedó mirándolo.
-¡Mijo! ¡Estás sentado, estás sentado!- Y se volvió abrazar a él.
-¡Sí Lili, me pude sentar!
-¡Y estás hablando mi amor, Dios mío, estás hablando!- Más abrazos.
-Y también puedo ver.
Casi con brusquedad se separó de él y corrió hasta la cuna, cargó al bebé que estaba dormido y se lo llevó.
-¡Mira mijo el bebé, nuestro bebé!
Los tres se confundieron en un solo abrazo y unieron sus risas y lágrimas durante un buen rato.

FIN
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